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8 de septiembre de 2014

¿En qué nos parecemos a Relatos Salvajes?

Relatos Salvajes es una película hecha a la medida de la Argentina: una sociedad brutalizada en donde la ley de la selva, la imposición  del más fuerte, se ha vuelto una clave de la relación intersubjetiva, la única forma imaginable de torcer un conflicto o un potencial conflicto a favor de uno. Vivimos en una sociedad en donde la invasión y la demostración de poder personal ha reemplazado a la subordinación a la instancia racional de la norma (tanto norma escrita como norma de buen uso), la única que puede resguardar la ya lesionada convivencia. Las personas protegen sus intereses individuales y se despreocupan por los efectos de sus acciones sobre el orden colectivo: se descree que exista tal cosa como la comunidad; quienes ponen alguna preocupación por el otro antes que el afán personal se equivocan, porque el Otro no existe en una sociedad anómica (el Otro como instancia del orden simbólico, de la puesta en común de subjetividades). Si el Otro, como orden comunitario, no existe, quedá debilitada también la existencia del otro como simple alteridad.

Relatos Salvajes convoca a la identificación al interior de la sociedad argentina, una sociedad con altísimos niveles de muertes en siniestros viales porque cumplir reglas de tránsito es de maricones, porque mediante el culto a la velocidad se demuestra la propia virilidad, porque las reglas sólo cobran sentido si hay una instancia de autoridad presente que pueda sancionarla (y no tienen ningún valor fuera de la potencial sanción), porque en las bocacalles pasa primero el que se anima, el que no teme, el que es guapo, antes que aquél al que las normas le entregan prioridad. Argentina es ese lugar donde el ciudadano que persigue la sanción de una transgresión (por ejemplo, mediante una fotomulta) es estigmatizado como un “botón”, o “un buchón”. Es decir, el cumplimiento de la norma es caratulado en el imaginario predominante como negativo, aun cuando es la norma la garantía de codificación y anticipación de las interacciones sociales y, por lo tanto, su resultado sólo puede ser la inexorable pacificación. Alcanza con recorrer las calles de Buenos Aires, y principalmente de su conurbano, para detectar  la cantidad de autos estacionados en las veredas, como si el peatón no existiera o no tuviera derechos, como si el discapacitado tuviese la obligación de bajarse a la calzada vehicular y circular allí donde encontrará menos obstáculos. O como si se creyera que el discapacitado sencillamente vive una vida que no merece ser vivida, por más esfuerzos que se haga en aliviarla; ¿y entonces para que invertir esfuerzos en aliviarla? Como si los automovilistas estuvieran convencidos de que es aceptable que el auto se imponga en la jerarquía de la vía pública dado que puede imponerse a un nivel físico: la potencia de su motor y la fuerza de su carrocería sobre la frágil humanidad de un peatón o un ciclista. ¿Por qué no aceptar una superioridad física que es inherente al mundo de los objetos?

Y no me estoy alejando un centímetro del tema de la película para ocuparme de la más irrelevante convivencia en el espacio público: por lo menos tres de las seis historias de Relatos Salvajes tienen a la vía pública como su escenario dramático; tres de las seis historias presentan al automóvil, por distintos motivos, como una fuente de malestar; en tres de las seis historias hay un encuentro con un otro que se vuelve amenazante en el espacio público que es, por definición, el lugar del encuentro con la alteridad. Una pelea extrema y trágica en la ruta, en donde una maniobra vial está implicada (dar el paso a quien viene a mayor velocidad); un vengador ante la injusticia de la ciega burocracia de remolcadores de autos; y una muerte al volante que acecha a una familia como el inexorable final. Todos estos son ejemplos de cómo la violencia surge en la expresión más abreviada de la interacción social: un cruce de dos personas. Como me dijo personalmente el sociólogo urbano Dan Zunino, la Argentina es una sociedad tan jodida que existe tensión en cada bocacalle, dos personas cruzándose ya originan un conflicto. De alguna manera, la microsociología del espacio público oficia de una macrosociología; entender las dinámicas que acontecen en la calle, donde avanza una irrefrenable brutalización, permite dar cuenta de un modo de ser como sociedad.


Habría que pensar si el avance de la ley del más fuerte no es la venganza de la mayoría oprimida por un poder basado en una fuerza intangible: las leyes ciudadanas, que son etéreas e inmateriales, y la distribución del capital intelectual. Quien se siente vigoroso, joven y potente y encuentra que un poder intangible y simbólico lo ata y lo subyuga, se pregunta cuando será la fuerza brutal de sus músculos la que lo libere y se imponga sobre los alfeñiques que detentan el poder y lo someten. Sin duda, la brutalidad es la no aceptación de la derrota en un orden de cosas desigual, arbitrario en su distribución de bienestar, pero necesario en su existencia.

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