Me fui de vacaciones a Rocha, Uruguay. Punta del Diablo tiene tantos chetos que la playa parece una publicidad de cerveza. Si una directora de arte se propusiera armar (con extras, bolos y vestuario) un set de filmación más verosímil para dar cuenta del estilo de vida del ABC1, no lo conseguiría. En pocas ocasiones la realidad es más verosímil que la ficción. Esta es una.
Amén de la aparición de promotrolas repartiendo volantes de boliches en la playa, ¿cómo reconocer que un destino otrora rústico y bohemio está siendo “recuperado” por los chetos? (si los trabajadores consideran que “recuperan” una fábrica cuando la expropian, por qué no pensar que para los “niños bien” el avance sobre las costas es vivido como una recuperación frente al uso indebido que le daban los hippies) Algunos tips para identificar este proceso:
1) Empiezan a caer chicas al hostel luciendo valijas con rueditas. Exhiben más prendas blancas que el promedio de las mujeres. ¿No intuyen que una condición mínima y necesaria para ser consideradas mochileras es que usen una mochila? ¿Tan impunes son para atravesar el hostel deslizando cómodamente la carga que los restantes llevamos, cual estibadores, sobre nuestros hombros?
¿Y por qué usan tanto blanco? ¿Quieren apaciguar con un vestuario de apariencia casta y pura la sexualidad que se agita en su interior y que las ha arrastrado en más de una oportunidad a sujetar un pene? ¿Es una suerte de sincretismo de verano entre el culto a Iemanshá y la Virgen María? ¿La elección tiene el propósito de permitir el reconocimiento entre semejantes, como si con su vestuario blanco exclamasen: “Pueden acercarse tranquilos; no fumo porro y estoy a favor de la vida, en contra del aborto”?
2) Cuando son interrogadas, las chetas acampantes declaran que viven en Retiro, porque les avergüenza reconocer que habitan en Recoleta. “¿En Retiro? ¿Vivís en la estación?” – suele replicarle alguna persona sensata. Que quede claro: Retiro no existe como barrio excepto para los habitantes de la Villa 31. Los residentes de los fastuosos hogares que rodean a la plaza San Martín no son más que una variedad de mayor alcurnia de los vecinos de Recoleta. “El problema no es dónde vivís sino que te avergüences de ello. Porque si te avergüenza, en vez de ocultarlo o cambiarle el nombre, podrías pedirle dinero a tus viejos (a quienes de seguro no les falta) y mudarte a Mataderos. Barrio que no intentarías disfrazar de Flores Oeste” – se les ha dicho.
4) Los chetos acampantes van a todos los rincones de Rocha, pero no permanecen más de 3 noches en Valizas. La explicación: creen que la acumulación de artesanos y artistas callejeros puede implicar un riesgo para su seguridad material. El peor escenario imaginado es que un artesano asalte a las minitas de blanco en la noche no iluminada, en busca de dinero o sexo. Demasiado. Sabemos que Valizas ha probado poseer una cantidad significativa de ese tipo de gárgola pedigüeña oscura y medieval que es capaz de salir a manguear un jabón para lavar la ropa a las 3 de la matina (lo he visto con mis propios ojos; de la misma manera en que he observado con asombro gárgolas mangueando “un pescado para la cacerola, amistad” a aficionados de la pesca con lengue). En esos encuentros lo peor que puede suceder es que te encajen gratis un alambre con pretensiones de bijou, en la expectativa de que entregues algo más útil a cambio. Pero de allí a convencerte de que esos seres de energía densa y aliento a alcohol significan algo más que una molestia, es demasiado. La reflexión: ¿por qué los chetos tienen que llevar su sentimiento de inseguridad material de clase propietaria a todos los lugares que pisan? ¿Por qué persisten en el Gran Buenos Aires aun cuando se van de viaje? ¿Por qué llevan a donde quiera se presenten un partido de Moreno amenazante en su interior?
Finalmente quisiera cerrar con este pensamiento: cuando un lugar asciende sus precios hasta puntos exorbitantes, tarde o temprano llegan las valijas con rueditas.


