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19 de febrero de 2013

Django Unchained vs Zero Dark Thirty

Un abismo temático, argumental y estilístico separa a Django Unchained de Zero Dark Thirty (traducida aquí como La noche más oscura). La primera una buddy movie para algunos, western spaghetti para otros, retratando la venganza de un liberto negro en el período más cruel del esclavismo norteamericano. La segunda, un thriller protagonizado por agentes de la CIA sobre la búsqueda y captura de Osama Bin Laden basado, según se advierte al comienzo, en hechos reales y cargado de una previsible polémica sobre la “representación artística de la tortura”. Los films tratan cosas muy distintas; sin embargo, estrenados en Argentina con escasos días de diferencia parecerían participar de un diálogo, como si cada película hubiese sido elaborada para responder a la otra. Las dos obras rodean, sin rozarlos, a los mitos fundacionales de la historia norteamericana y, por lo tanto, cada uno sustenta sin ambages una visión ideológica contrapuesta. 
El núcleo central del enfrentamiento entre Django y Zero Dark Thirty podría resumirse como sigue. A nivel del texto interpretado, Django Unchained dice: "La esclavitud fue efectiva para hacer crecer la riqueza de una nación. Pero está mal". En cambio Zero Dark Thirty dice: “La tortura está mal. Pero fue efectiva para resguardar la seguridad de una nación". El desencuentro postulado entre las películas recuerda a un debate suscitado en la realidad ficcional de Southpark, el pueblo donde transcurre la serie animada con el mismo nombre. La idea de reflotar la antigua bandera del condado que muestra a blancos ahorcando negros, despierta una polémica de orden público. Cuando se consulta a la gente en la calle hay quienes sostienen: “La bandera es racista, pero es tradición”, mientras que otros afirman: “La bandera es tradición, pero es racista”. La moraleja es clara: el orden en que se colocan los argumentos articulados por el “pero” produce la intencionalidad de izquierda o de derecha. La manera en que cada película administra sus “peros” es en definitiva el sesgo que le imprime, el guiño que le hace a la audiencia que requiere necesariamente de identificarse ideológicamente con el film si lo que busca es disfrutarlo. 
Zero Dark Thirty hace su aporte a una polémica norteamericana (de esas que Estados Unidos no puede compartir con el resto del mundo) sobre los casos excepcionales en que estaría justificada la tortura, es decir, los escenarios extremos que habilitarían una “suspensión de las pautas éticas universalmente aceptadas”. Si la tortura fuese la única vía de obtener información para desbaratar un atentado que se cobraría la vida de cientos de civiles, ¿no estaría justificada? ¿no sería inhumano seguir abrazando pruritos éticos abstractos cuando está en juego la vida de inocentes? Como bien dice Zizek, tan sólo formularse esta pregunta habla de un descenso de los estándares éticos de una sociedad. Más sana es la sensación “dogmática” de que la tortura no puede ser siquiera discutida y que la pregunta debe ser rechazada de raíz. 
Zero Dark Thirty abona las anteriores preguntas con sobriedad, sin la excitación triunfal o megalomanía que se observa en otras películas bélicas norteamericanas. La forma en que se presenta el “enhanced interrogation” (interrogatorio intensificado, eufemismo de la CIA para referirse a la tortura) hace que pueda ganar aprobación en círculos liberales, profesionales y educados: el verdugo es un joven de barba, doctorándose en especialidad desconocida, canchero pero sin ser sobrador, que combina agresividad con gestos amistosos hacia los cautivos. Luego es reemplazado en la aplicación de tormentos por Maya, joven hermosa y llamativa que abandona los estereotipos de la feminidad en aras de sus responsabilidades con la patria. ¿Existe un argumento más seductor que tanta juventud, éxito y belleza juntos? Eso la vuelve perturbadora. En Django, por el contrario, es precisamente la indignación frente al tormento el marco en el se muestra una Estados Unidos de abundancia, haciendas prósperas, jardines decimonónicos y dinero hasta para los delincuentes, reposando la clave narrativa en el secreto índice que vincula la prosperidad con el sufrimiento humano organizado.

4 de febrero de 2013

El Padre o Peor - Análisis de "El Gran Pez" (escrito junto a Melanie Faks) - Última parte


         

El acto ético y la perspectiva subjetiva

           El núcleo que articula los reproches de Will es la pregunta por lo Real de la paternidad y la muerte. ¿Qué es ser un padre?. Al mismo tiempo en que su padre está agonizando, él se convertirá en un padre. Como si la película trazase una ilustración nítida del relevo de la función paterna en la sucesión generacional.


            El final de la película da cuenta de una iluminación del personaje de Will que lo conduce a un cambio radical en su posición subjetiva, lo que deja leerse como un acto ético. Un pasaje: del gran pez imaginario, fantasmático, de la palabra vacía, al Gran Pez simbólico, de la palabra plena. El hijo se deshace de la ilusión de la verdad fáctica  y pasa a ser él mismo el cómplice de la historia de Bloom. Dado que la situación final de Edward difería de la escena de muerte en el río de la que tenía certeza, le demanda a su hijo que llene esa brecha con su propia palabra. Will es empujado, en este pedido del padre, a relatar la historia de su muerte, a continuarla. Se trata de un acto ético, en tanto el sujeto se aliena en la universalidad del pacto simbólico con su padre y se vuelve efectivamente libre. Según Zizek la definición lacaniana del acto ético es: “Un acto que alcanza el límite absoluto de la elección obligada primordial y la repite en sentido inverso.” (ZIZEK, 1994:100). La opción de Will  parece ser una variación del tópico lacaniano “le père ou pire”, traduciéndolo, el Padre o peor (o, el padre o “pirar”) es decir la elección obligada de la comunidad, la subordinación a la autoridad del Nombre del Padre. El hecho de que el hijo pueda retomar la palabra del padre, es una metáfora de la asunción de su mandato simbólico, es decir, la posibilidad de ser un eslabón más de la cadena generacional, propia de la comunidad humana. Finalmente se trata del acto ético, de asumir la castración paterna y participar de la universalidad que funda el significante del Nombre del Padre.

A modo de cierre

A lo largo de la película se puede entrever la manera en que Will atraviesa su fantasma como si se tratase de un proceso psicoanalítico. Cuando el padre en su lecho de muerte pronuncia las palabras “Dime, ¿Cómo sucede, cómo me voy?”, Will toma los personajes de la batería significante del padre para completar esa brecha, allí donde transmite una falta, su propia castración y logra ceder la palabra al hijo.
           
           Finalmente no podemos dejar de referirnos, como elementos formales de la película, a una insistencia dentro del mundo alegórico de Tim Burton del tópico de lo especular y a la duplicación. Es otra conexión figurativa entre la película y el psicoanálisis. Hay dos padres y dos hijos (Edward y Will son padres; Will y su propio hijo, son hijos), hay dos esposas (Sandra y Josephine), en la audiencia de circo se muestra a un par de gemelas idénticas y posteriormente cobran relevancia dos mellizas siamesas. La duplicación y el carácter maravilloso de las gemelas es un recurso de Burton para confeccionar un ambiente de asombro verosímil.

Bibliografía
      Freud, S., "Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad". En Obras    Completas, op.      cit., t. IX.
Freud, S., "A propósito de un caso de neurosis obsesiva" ["Hombre de las ratas"]. En Obras Completas, op. cit., t. X, p 182

Godoy, C., “Conciencia y muerte en la neurosis obsesiva”, en Ancla. Psicoanálisis y Psicopatología, Revista de la Cátedra II de Psicopatología de la UBA, nº 3, 2010, p 96, 97.

Lacan, J., "Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis". En Escritos 1, op. cit., págs. 290-2.

Schejtman, F., “Seminario: Las fantasías perversas de los neuróticos”. En Cizalla del cuerpo y del alma…, op. cit.

Schejtman, F., “Una introducción a los tres registros”. En Psicoanálisis y psiquiatría: encuentros y desencuentros (Temas introductorios a la psicopatología), op. cit.

Zizek, S., Goza tu síntoma! Jacques Lacan dentro y fuera de Holywood, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1994, p.50, 75, 76, 100

3 de febrero de 2013

El Padre o Peor - Análisis de "El Gran Pez" (escrito junto a Melanie Faks) - PARTE II



La muerte y la obsesión

La muerte está siempre presente en el recorrido vital de Edward, desafiándola y buscando mecanismos para evitarla. El derrotero de Edward parece ser una metáfora de la travesía de un neurótico obsesivo. El dato de color del film es que Edward cree saber, por la premonición de un bruja, cómo sería su muerte. Es decir, la muerte pierde su condición básica, ser lo Real que rehúye toda simbolización, que acontece en el momento incorrecto, parafraseando a Sartre “demasiado antes o demasiado después”[1], nunca en el momento justo. La convicción sobre el momento y forma de su deceso lo vuelve un temerario, que constantemente desafía a la muerte involucrándose en situaciones de riesgo porque cree saber “cómo finalmente ocurrirá”. Saber no es lo mismo que ser-para-la-muerte. “Al escapar a la asunción del ser para la muerte, la cual comporta el verdadero riesgo, el obsesivo queda detenido en una muerte imaginaria que se instala en su vida coagulándola” (GODOY, 2010:96). La escena de la muerte en el río de la que está convencido Edward es la muerte imaginaria propia del obsesivo, que le permite vivir como si la muerte en tanto Real no existiera. El obsesivo vive desconociendo la muerte como contingencia, como posibilidad. Teniendo en cuenta el desdoblamiento subjetivo del obsesivo, en el que se hace testigo alienado y se observa desde el Otro, las historias que lo engrandecen son el ejemplo claro  en que “…el yo queda puesto en escena-incluso en el sentido teatral del término- como un personaje en una situación que él observa, como testigo, desde el lugar del Otro.” (GODOY, 2010:97). El mismo hijo le reprocha a Edward que habla y ostenta de tal manera sobre su pasado como si se satisficiera “escuchándose a sí mismo”, es decir, teniéndose a sí mismo como espectador de su narración. Tan evidente resulta este desdoblamiento en Edward, que finalmente necesita de un Otro que continúe su relato en el punto en que lo dejó, necesita ser relatado por un Otro; aunque este episodio del fin de sus días lo analizaremos mejor en el apartado siguiente.

En varias oportunidades Edward repite la frase: “aún no es la hora, así no es como voy a morir”. Hay un claro ejemplo en que puede notarse la omnipotencia del obsesivo. Unas ramas comienzan a estrujarlo, siente miedo pero repite las palabras: “así no es como voy a morir” y de pronto las ramas lo sueltan. Freud se refiere a la omnipotencia y describe que “en esa creencia se confiesa sinceramente un fragmento de la antigua manía de grandeza de la infancia…” (FREUD, 1980: 182). En el caso del Hombre de las Ratas, éste adquiere el convencimiento de la omnipotencia de su amor y su odio. Edward adquiere un convencimiento sobre su muerte.

Luego de atravesar su recorrido repleto de amenazas y peligros (su encuentro con la bruja, con el gigante, su pasaje por el “camino más corto”, etc), Edward arriba a un pueblo ascético, expulsado de goce, donde todo parece funcionar como un reloj suizo. Puede considerarse como un lugar humano pero a su vez privado de su cualidad humana: no existe el conflicto ni el malestar. El césped es  suave permitiendo que todos lo habiten descalzos, visten ropas claras y por las noches bailan encantados y sonrientes. Parece ser la fantasía purificadora de un obsesivo. El pasaje del camino sucio de amenazas, al pueblo purificado de Spectre, estaría replicando el esquema obsesivo dual de ensuciarse con la caca y luego purificarse.

El derrotero heroico de Edward es un intento de alejar de su mirada el hecho de que el Otro es falto; de que la vida presenta este índice perturbador de desequilibrio. De allí que en repetidas ocasiones asuma la posición obsesiva de la fascinación por el sacrificio. Como dice Zizek: “En su dimensión más fundamental, el sacrificio es un ‘don de reconciliación’ al Otro, destinado a apaciguar su deseo. El sacrificio oculta el abismo del deseo del Otro, más precisamente: oculta la falta, la inconsistencia, la ‘inexistencia’ del Otro que se trasluce en este deseo. El sacrificio es una garantía de que ‘el Otro existe’: de que hay Otro que puede ser apaciguado por medio del sacrificio.” (ZIZEK, 1994: 75-76). Los actos de heroísmo se repiten en la narración de Edward: se sacrifica por sus amigos yendo al encuentro con la bruja, ante el pueblo enfrentando al gigante, ante su amada dejándose maltratar por el Amo(s) –ese era el nombre del circense- y posteriormente dejándose golpear por su contrincante en el amor, etc.


[1] Sorprendentemente, Jennifer, habitante del pueblo de Spectre califica con esta misma frase el arribo de Edward al pueblo: una vez demasiado temprano y la siguiente demasiado tarde.

2 de febrero de 2013

El Padre o Peor - Análisis de "El Gran Pez", escrito con Melanie Faks (PARTE I)



Introducción
            El siguiente trabajo se propone hacer un análisis en tres dimensiones de los personajes del film “El Gran Pez”, Edward Bloom y su hijo Will. En el primer apartado, La ficción como realidad, desarrollaremos el postulado de que en las neurosis la verdad aparece articulada como una ficción abordando el conflicto epistemológico de Will al descreer de los relatos de su padre. En el segundo, La muerte y la obsesión, propondremos hipótesis diagnósticas basándonos en el relato de Edward, sobre el lugar de lo Real en la neurosis obsesiva. Finalmente, en el último apartado El acto ético y la perspectiva subjetiva, nos referiremos al cambio de posición que puede pesquisarse en Will hacia el final del film.


La ficción como realidad
            A lo largo de la película se avanza sobre un conflicto de un hijo con su padre. Will, luego de 3 años distanciado, se re-encuentra con Edward Bloom, su padre, en su lecho de muerte. El espectador es testigo del malestar de Will con su progenitor. Le reprocha no haberle contado nunca la “verdad” de los acontecimientos de su vida. El joven muestra un apego a la objetividad, a la creencia de una realidad fáctica que puede ser captada en un relato sin distorsiones. Will le demanda a Edward que deje de mentirle y subestimarlo con historias de ficción. “Éramos dos extraños que nos conocíamos muy bien. Yo no tenía nada de él ni él nada de mí”, es el pasaje que ilustra este conflicto. Se puede conjeturar que la elección vocacional de Will por el periodismo viene en el lugar de la ansiedad que le generan los relatos ficcionales de su padre; el periodista intenta captar en sus crónicas “los hechos tal cual ocurrieron”.
            Lo que expone la película es uno de los tópicos freudianos luego retomados por Lacan sobre la fantasía neurótica: la realidad está articulada como una ficción. Aun si los acontecimientos narrados por el padre no hubieran efectivamente ocurrido, el desempeño del papel heroico que se intuye en el relato del padre dan cuenta de una verdad subjetiva; mediante la insistencia en la “máscara” (es decir, la pretensión, el artificio) el padre puede alcanzar una posición subjetiva más auténtica que lo que significaría el gesto de arrojar la máscara y mostrar un solamente postulado, “rostro verdadero”. Como lo plantea Zizek: “…una máscara no es nunca “sólo una máscara”, dado que determina el lugar real que ocupamos en la red simbólica intersubjetiva; lo que es efectivamente falso y nulo es nuestra “distancia interior” respecto de la máscara que usamos, nuestro “verdadero yo” oculto bajo ella”. (ZIZEK, 1994: 50). En ese sentido la falsedad (en cuanto posición subjetiva) está más del lado de Will que de su padre: siendo que el joven postula una esencia interior, un “verdadero yo” que el padre conservaría oculto, que no está ya representado en la posición performartiva de la ficción.
            Freud ha sostenido en relación a las histéricas que sus mentiras, ficciones y exageraciones son formas en que se expone su verdad subjetiva. Es decir, la verdad es expresada en la trama de una ficción. Big Fish presta su cuerpo para ser metáfora de este tópico psicoanalítico. De la misma manera, lo que importa de un sueño, no es el sueño mismo sino el relato que se hace de él, la resignificación que hace el paciente en el transcurso de la sesión analítica. En la carta 69 Freud sostiene: “Ya no creo más en mis neuróticas”, dejando de prestar atención a la verdad o no de los hechos relatados sino a la forma en que son actualizados por el sujeto. La importancia de esta carta reside en que se puede ubicar a la fantasía como el intento neurótico de llevar al padre al lugar de la causa. Con la elaboración de Lacan de la metáfora paterna, se puede ver cómo el significante del Nombre del Padre interpreta al deseo insensato materno como deseo de falo. La interpretación es fálica. Del agujero presente desde el origen hay una fantasía que aporta una significación remediando ese agujero; esa significación en todos los casos es paterna. Es por eso que siempre se lleva al padre en lugar de la causa de las neurosis.
            En segundo lugar, la ficción como realidad se vislumbra en la versión que Will se hace del padre. De chico y adolescente Will estaba fascinado por la grandeza de su papá; él era el Gran pez, un ser superior, increíble, maravilloso, completo. Sólo posteriormente empieza a desilusionarse, el padre comienza a “fallarle”, es decir, a mostrar fallas para la mirada del hijo. Ni bien comienza a ver lo incompleto de su padre, necesita (fantasmáticamente) taponar esta falla. Construye entonces una versión hacia el padre para completar su falta. Su apego a la verdad objetiva, expresada en el oficio del periodista, es una respuesta a su versión del padre. Sus reproches, sus quejas, son del orden de lo imaginario, en cuanto esta respuesta fantasmática rellena el vacío en pleno Otro. Los neuróticos obsesivos tienen especial inclinación por postular un Otro completo, no barrado, que preste consistencia a su experiencia subjetiva.

21 de diciembre de 2012

Ser transparente - Episodio Final



 EPISODIO FINAL

Al caer el sol, Etienne empezó a considerar que Parque Lezama no era entonces un sitio agradable para permanecer sola. Volvió al hostel en colectivo, en 29, la única línea de su conocimiento que la acercaría a su destino.

Al retornar a la habitación, lo encontró a Agnan recostado en el mismo sitio en que lo había abandonado, todavía con la ropa de aquella jornada.   

-          No me puedo dormir, amor.
-          Estuviste durmiendo toda la tarde
-          No, no estuve durmiendo. No lo conseguí. Estuve recostado.
-          ¿Nos vamos a quedar acá toda a noche?
-          Mirá, si necesitás salir me parece muy bien que lo hagas. Yo necesito quedarme, no me siento como para salir. Pero no tengo problemas con que vos salgas por tu cuenta.
-          Ya salí sin vos. Estuve toda la tarde afuera sola. Y no quisiera volver a hacerlo.
-          ¿Hay algo que te ponga mal?

Etienne se desvistió. Sacó una remera amplia y larga de su valija que usaba a modo de pijama. Se acomodó en el lado izquierdo de la cama y se dispuso a dormir. Era una noche muy pesada y húmeda. La muchacha advirtió que la ventana había quedado abierta, motivo por el cual la habitación se había plagado de mosquitos. Agnan agradeció para sus adentros que su novia se hubiese percatado y la hubiese cerrado. Sin embargo, no fue suficiente para traerle paz. Los retorcijones en el estómago asediaban a Agnan como ocupantes de un lugar abandonado, y operaban de forma coordinada con los mosquitos, esas Erinias de climas cálidos. Agnan se sacudía molesto entre las sábanas, incómodo en cuanta posición improvisase, imposibilitado de poner freno a ese castigo sostenido que le propiciaba la naturaleza, la propia y la del mundo exterior. Era un cuadro infernal. La escena era acompañada por el ruido mecánico que hacía el ventilador al cambiar su orientación. Atrás de ese sonido sistemático se agazapaba un silencio desgarrador, lleno de calor y de hastío. Entonces, fue sorprendido por un movimiento furioso de su novia, que se incorporó y sentó súbitamente, para impactarlo con sus palabras.

-          Dejá de hacer eso! Te estás masturbando!
-          ¿Qué? ¿Estás loca?
-          No me digas loca, imbécil. Sos un asqueroso, andá a masturbarte al baño.
-          ¿Pero qué estás diciendo? ¿No te das cuenta que me siento mal, que tengo dolor de estómago, que hace un calor insoportable? ¿Qué ganas puedo tener de masturbarme?
-          Vi cómo te movías. ¿Te creés que soy estúpida?
-          Me movía porque estoy molesto. Porque no encuentro la manera de cubrirme con la sábana para evitar a los mosquitos.
-          Sos un imbécil! No vas a pretender seriamente que me crea esa estupidez. Andá a tocarte al inodoro.
-          Me siento mal, nena! ¿No te entra en la cabeza que me siento mal?

Etienne se bajó de la cama con un movimiento violento que desplazó las sábanas de su sitio. Salió despedida para el baño. Agnan, agitado, retomó sus inútiles esfuerzos por dormirse.
 

19 de diciembre de 2012

Ser transparente - Episodio 4

EPISODIO 4



Mientras atravesaba los pasillos y lugares comunes del edificio se asombró al contemplar lo que era la vida de hostel para los restantes turistas. Las instalaciones invitaban a quedarse eternamente, entre las comodidades y los ventiladores que limpiaban el aire de tanto calor; allí donde las amistades eran siempre prometedoras por desconocidas, y abundaban los idiomas lejanos y las cosas por descubrir. El hostel te tragaba y había que hacerse de impulso para abandonarlo. Etienne lo hizo. Empezó a caminar por las calles sin rumbo. Los domingos, el centro era un cascarón de una vida desconocida y vibrante. Las personas que se cruzaba en el camino lo debían saber bien. “Qué cantidad de viejos que hay en el centro cuando no hay gente”. Y encaraba, sin saberlo, para el sur. Emprendió el desafío de identificar en la vía pública las diferencias con su ciudad de origen. “Los cables de energía y de teléfono sobrevuelan tu cabeza. Como si tejieran una red en el aire. Hay árboles que brotan de las veredas, no están confinados a parques o bosques. ¿El subte iba al revés, no?”

Sin proponérselo, Etienne alcanzó el Parque Lezama. Una estatua de piedra gris fue su primera visión. Fue sorprendida luego por los estruendos de una cuerda de percusión y se dirigió hacia donde la llevaba el sonido. Jóvenes de su edad que se reunían a sacudir los tambores en el corazón del parque. Entre ellos revolotean palomas aturdidas, náufragas de vaya a saber uno qué trayecto. Uno de los músicos proveía a los demás de pitadas de cigarrillo, acercándoles el vicio a la boca. Etienne no sabía exactamente de qué música se trataba pero consideraba que sonaba como cualquier pieza latina: candombe, cumbia colombiana o capoeira. Había escuchado algo similar en su visita anterior a Marruecos. Más precisamente en la plaza Djema de Marrakesh. El parecido entre los dos espectáculos callejeros era poderoso. La influencia negra penetró tanto en el norte de África como en Latinoamérica. La música popular es africana en todas partes. Y en Marrakesh y Buenos Aires se siente universal. Entonces es cuando Etienne pensaba la posibilidad antes evasiva de una universalidad negra, de una universalidad construida desde el margen. ¿Y por qué estas especulaciones serían diferentes a las idealizaciones de Agnan sobre la América Latina sosegada? “Porque él puede ser muy superficial”.


Atravesó la tarde sentada en un banco de plaza. De esos de tablas de madera verde ensambladas. Etienne alternaba un pensamiento rumiante con la contemplación perdida del paisaje que se desplegaba ante sus ojos. Un vendedor de un puesto callejero, aparentemente artesano de manualidades, se aproximó a la banda de rock que estaba armando lo equipos de sonido en el césped cercano, aprestándose para tocar. Aunque no podía distinguir el contenido de la conversación (y aunque lo oyese no sería capaz de descifrar el castellano) la artesana tenía algún problema con la actividad de los jóvenes. Quizá en relación a la amplificación del sonido, que tornaría más difícil la labor de los vendedores para persuadir a sus clientes. En la diagonal derecha se sentaba en otro banco semejante una pareja que Etienne entendía estaba compuesta por un local y una extranjera. Una hermosa joven blonda (posiblemente nórdica, arriesgaba Etienne) y un muchacho con rastas, de atuendo desprolijo y barba crecida, autóctono, en extremo alto y flaco. La nórdica aguijoneaba a su compañero de rastas, lo quemaba con la mirada; debía estar profundamente enamorada. Los dos jóvenes eran discordantes en casi todos los aspectos posibles de ser enumerados. La nórdica, particularmente, retuvo la atención de Etienne; se notaba que era una muchacha culta y curiosa; quedaba de manifiesto su empeño por relacionarse con el muchacho muy a pesar de las dificultades que imponía la competencia lingüística. Él le correspondía impostando un modo más reo de lo que alcanzaría a ser espontáneamente, como si buscase prestar a su trofeo foráneo y pálido el souvenir de la argentinidad. No ocultaba cierta torpeza en sus modos y una inclinación soslayada por llamar la atención no sólo de su chica sino de otras personas alrededor. Con sus excentricidades y sus raptos de efusividad pseudo-artística se prestaba como el objeto etnológico perfecto para que la nórdica justificase tantos kilómetros de traslado. Etienne no dudó en caracterizar ese cuadro de turismo antropológico. Le llamaba la atención cómo en un contexto ajeno y poco familiar, los turistas podían sentirse atraídos  por personas a las que no entregarían ni una mirada evasiva en sus propios ambientes originarios. Como si la carencia de recursos para desplegar el mapeo cognitivo unívoco que permite a un nativo guiarse en la sociedad a la que pertenece, condujera a los extranjeros a hacer interpretaciones que transgreden las convenciones que rigen los encuentros y desencuentros en el país que los aloja. 

FINALIZARÁ EN EL PRÓXIMO POST

 

17 de diciembre de 2012

Ser transparente - Episodio 3



 EPISODIO 3
Estaba convencido de que en ese estado, u otros semejantes, no podría controlarse. Agnan se preguntaba a continuación qué era exactamente lo que necesitaba controlar. Claro, el control tiene mala prensa en esta sociedad. ¿O específicamente en su país? Controlarse era eso que te venden en los cursos de espiritualidad y afines, encontrarse con sí mismo, con su ser auténtico, o simplemente no tener un pico de estrés, un ataque nervioso o psicotizar. Cosas que pueden suceder en un momento límite. ¿Por qué pensaba en todo eso si lo único que había sucedido era que se descompuso del estómago? Como mucho, le bajó la presión ligeramente, y en algún momento llegó a sentirse mareado. Eso es lo más peligroso. La presión baja podía constituir una experiencia cercana a la pérdida del control sobre el yo. Posiblemente exagerase. Pero estaba en un lugar que desconocía, lejos de su casa, allí dónde no sabría cómo comportarse, cómo actuar en casos de emergencia. ¿No había tenido ya una? No tanto. Y con todo, bastante afortunado fue de haber encontrado un guardia, haber conseguido ser atendido en ella, haber arrastrado a Etienne, qué cara de orto tenía por Dios. “Ahí me parece que está el tema. Que hay gente que te potencia todos tus miedos, gente severa y extremista que te hace sentir vulnerable con esa energía pesada que cargan. ¿Podía el cuadro estar agravado por la presencia de mi novia? No sé si la presunción sea exacta. Pero por ahí anda. Etienne cree que yo elijo descomponerme. Como si yo ahora la estuviera pasando bien y haciéndola pasar mal a ella. De lujo. Debe fantasear que le quiero boicotear el viaje o algo parecido. Fue como cuando en París me increpó con que yo era un mal enfermo y no sé qué. ¿Qué es ser un mal enfermo? Y de última, ¿eso la justifica para maltratarme? ¿a los malos enfermos hay que maltratarlos para que aprendan? ¿para que aprendan qué?”
 
Etienne se acostó sobre el lado de la cama que permanecía desocupado. Miró el rostro de Agnan desplomado, orientado hacia el techo, como esperando que éste le devolviera la mirada. Eso no sucedió. Entonces se volvió al techo ella también. Su novio había dejado de vomitar. Dijo sentirse mejor camino a la guardia, aunque unos minutos en que se encontraron perdidos consiguieron impacientarlo y cargarlo de angustia. “No lo hacía tan ansioso antes de partir. Esa necesidad de preguntar todo ochenta veces, para quedarse seguro de que las cosas son como él las espera, de adelantarse a sus propios deseos, siempre rebasándose. Me contagia de ansiedad, me pone intranquila. Y supongo que este no es el momento para plantearlo”.  Cuando Etienne advirtió un sonido de aire esperpéntico y perturbador que bien podría pasar por un ronquido, entendió que Agnan estaba comenzando a dormirse. Sería mejor dejar el hostel o pudrirse.

CONTINUARÁ EN EL PRÓXIMO POST

12 de diciembre de 2012

Ser transparente



 EPISODIO 1

En la recepción no había nadie. Agnan tuvo que estirarse por encima del mostrador para alcanzar la llave del casillero 106, coincidente con el número de la habitación. Retrasada, Etienne lo seguía con la mirada. En el impulso por tomar las llaves las nauseas volvieron a apoderarse de su estómago. Se detuvo un momento, paralizado por el malestar.

-          ¿Qué te pasa?
-          Ya sabés lo que me pasa, amor. Sigo mal.

En el cuarto Agnan se movió con determinación hacia la cama de dos plazas y se tumbó del lado izquierdo como si fuera todo lo que su cuerpo le permitía en ese momento. El colchón, de varias luchas y resistencias, crujió y se hundió ligeramente, acompañando el peso muerto del visitante. Etienne, con indisimulable molestia, preparaba sobre una repisa el vaso de agua con las gotas de clorhidrato de metoclopramida que le habían entregado en la guardia médica. “Sólo llevamos tres días en Buenos Aires y Agnan no pude evitar descomponerse”- meditaba Etienne mientras agitaba el frasquito marrón para que librase su contenido sobre el agua tibia obtenida de la canilla del baño. “Veinticinco gotas son interminables”.

Se acercó a su chico para alcanzarle el líquido, prefirió no hacer contacto con sus ojos y se colocó junto a la ventana mientras él daba sorbos irregulares y faltos de decisión.

-          Es horrible.
-          Tomatelo y vas a estar bien.

Desde la ventana se divisaba un frente de edificios antiguos. La angostura de la calle los hacía ver bastante próximos. El estilo de los balcones y ventanas recordaban a Etienne el barrio de Montmartre en el que había nacido y atravesado su infancia. Un sol estremecedor de primera tarde se hacía espacio entre el asfalto y el concreto de los edificios lindantes, acompañando con su sopor la contundencia del paisaje que se distinguía desde la abertura. Palomas grises con manchones negros y blancos se deslizaban con desgano por las cornisas linderas. Ese día ya estaba perdido.

 La habitación contaba con las comodidades mínimas necesarias y algunos adicionales kitsch de dudosa procedencia. En la repisa al costado de la puerta se sostenía erguido un gato de plástico y origen chino que saludaba al visitante con el movimiento oscilatorio de su mano. Junto a aquél, un par de novelas clásicas, libros decolorados hasta el marrón, apilados horizontalmente, ceñidos por un caballo de mar que cambiaba de color de acuerdo al estado del tiempo (los dos franceses se murieron de risa en el primer encuentro con semejante extravagancia) y luego un espacio libre de objetos, en el que Etienne había encontrado oportunidad para preparar el medicamento antinauseoso. La ventana de dos alas era grande pero no lo suficiente para alojar el aire necesario que permitiría que ese espacio fuese despojado de sus humores. O sería que por esa calle del centro porteño ya ninguna corriente de aire decía presente. Un ventilador con movimiento rotatorio de un metro de pie, enfrentado a la cama, compensaba las inclemencias de la temperatura. Sus efluvios de frescura eran agradecidos, aunque durasen apenas segundos. La cama de dos plazas, tamaño queen, era de madera, de las antiguas, anterior a la invención del sommier. Estaba cubierta por una sábana blanca que no se asociaba armónicamente con las fundas variopintas de las almohadas.  
CONTINUARÁ EN EL PROXIMO POST

28 de noviembre de 2012

Notas para una ciudad deseable (mi experiencia en Santiago con fotos)

Una vez oí de boca de un antropólogo que las ciudades en la ladera de cordones montañosos solían ser más ordenadas y prolijas. Se lo atribuía a cosmovisiones originarias adornadas con explicaciones psico-sociales sobre la significación con que se cargan elementos del espacio físico.  La observación se justificaba por el hecho de que la presencia abrumadora de la cumbre maciza conducía al poblador a tomar conciencia de su fragilidad y pequeñez. De alguna manera, la montaña, compañía constante y sobrecogedora, posibilita el desarrollo a su lado de núcleos urbanos severos y disciplinados. Allí las transgresiones no ofenden únicamente a la comunidad humana sino que, adicionalmente, pueden despertar la ira de esas fuerzas indecibles que habitan (o son en sí mismas) la roca imponente que vigila a los pobladores.

Santiago, ciudad limpia y ordenada, transmite esa sensación. Los santiaguinos demuestran haber internalizado la norma social, a diferencia de los porteños, tan afectos a la transgresión siempre que no los detiene una amenaza directa de sanción. Uno desconoce en qué medida la rectitud chilena no ha sido moldeada por una de las más largas, laboriosas y sangrientas dictaduras que conoció América Latina, y espera que tal asociación no exista.

Santiago está diseñada antes para el automovilista que para el peatón o, al menos, no es una ciudad amistosa con quien desee caminarla. Atravesada por varias avenidas que hacen las veces de autopistas, Santiago tiene de modelo a Los Angeles más que a Nueva York. Debe decirse que es una urbe menos integrada que Buenos Aires, más fragmentada y tan polarizada como la sociedad chilena que la contiene. Sin embargo, el balance es positivo y quisiera rescatar algunos conceptos de urbanismo y arquitectura que me llamaron poderosamente la atención en mi visita a la capital chilena:


En Santiago abundan los ciclistas. Es llamativo que con tan nutrido número todavía no se animen a circular por la calzada y lo hagan, casi exclusivamente, por la vereda. De esta manera compiten por el espacio con los peatones. Probablemente, las calles son estrechas y conquistar la arteria no sea fácil. 

Por lo pronto, se registran varias instalaciones para facilitar la accesibilidad de las bicis. En la foto a la izquierda, un extenso bicicletero a la entrada de un shopping mall.


Aunque Santiago no se caracteriza por pensar mucho en el peatón, en algunas bocacalles céntricas se observa el siguiente paisaje. En vez de que sea la calzada vehicular la que se continúa y la vereda la que es cortada por la calzada, en la foto encontramos lo opuesto. Aquí es la vereda (peatonal) la que tiene continuidad de una manzana a la otra. De esta manera, el peatón puede continuar su paso (sin bajar cordones), mientras que el auto debe desacelerar su marcha para subir y bajar una pequeña loma de burro. Se privilegia el paso del peatón por sobre el paso de los automóviles, al tiempo que se baja la velocidad de circulación del transporte motorizado.




La bocina de los autos tiene por único propósito advertir al prójimo de una situación de peligro. Sin embargo, es el uso menos frecuente y, en general, se recurre a ella de manera indebida. Los bocinazos injustificados abundan en las ciudades contribuyendo a la contaminación sonora y postulando como necesaria la impaciencia, la ansiedad, la intolerancia hacia el otro, la prepotencia.

Una prohibición directa de usar la bocina en áreas seleccionadas es una señal clara por parte de la autoridad pública de que el bocinazo es conducta desafortunada y a todas luces censurable.



Cuando la convivencia entre peatones, ciclistas y automovilistas se torna compleja en el entorno masificado y concentrado de la megalópolis, una buena opción es la construcción de vías en varios niveles. En la foto se observa una pasarela de vidrio que permite el acceso a un shopping mall. Avanza por encima de avenidas cargadas en que los autos circulan a alta velocidad. La utilización de diferentes niveles no debe impedir contemplar como prioritario que sean los peatones y ciclistas los que ocupen espacios abiertos, mientras es recomendable que se apueste a descongestionar el tráfico proporcionando a los automovilistas túneles, corredores y estacionamientos subterráneos o construidos a altura.



Algo llamativo de Santiago son sus veredas anchas, que no evidencian un propósito funcional (permitir la circulación de más peatones) sino que apuntan a la calidad de vida. En este caso la mitad de la vereda se destina a la circulación, la otra mitad muestra un corredor verde, repleto de plantas de diferentes tipos, agradable para la vista y el olfato y que modifica para bien la experiencia de circular por las calles.





 
Otro aporte al paisaje de la ciudad: la fijación de paneles herbóreos en las fachadas de edificios. Cambia el tono general del paisaje al mismo tiempo que relaja la visión del transeúnte y contribuye al saneamiento del aire que respiramos.



En las dos fotos siguientes observamos esculturas en la vía pública, a la entrada del moderno Centro Cívico de Las Condes. Se trata de una obra de arte participativo, en la medida en que el transeúnte tiene permitido experimentar la obra en un nivel sensorial más cercano, como hice yo sentándome en ella. El arte participativo está convencido de que la obra sólo se completa con la intervención activa del espectador (que, paradójicamente, abandona su lugar de espectador). Esto es aún mejor si quien promueve la invitación a acercarse a la escultura es un gobierno municipal, en la entrada de su edificio central.



Chile no tiene una comunidad judía muy nutrida. No obstante una escultura que representa, en un código visual contemporáneo, un candelabro judío entrega una cálida bienvenida a un visitante de este origen étnico, como es mi caso. Fue agradable su encuentro e interesante que estuviese en el medio de la calle, sin ningún tipo de protección y que aun así no hubiese sufrido ningún daño.









Un pasamanos que conserva el eje vertical, pero se abre como un haz en tres, para permitir que lo sujeten varias personas de manera simultánea. Un buen detalle que muestra atención hacia las pequeñas necesidades de los pasajeros del subte, y una muy efectiva combinación de funcionalidad y estética.




Hermoso y colorido mural en zona céntrica, contra una pared que de otra manera hubiese mostrado una superficie gris e inexpresiva.










Una práctica que ya hemos visto en parques porteños: entregar sombrillas a los visitantes que anhelan tomar sol. Una contribución a la recreación pero también a la salud de los ciudadanos.









Aunque la sociedad chilena sea más conservadora que la argentina, en algunos aspectos sorprende. En la foto se observa una cafetería en el centro de Santiago que vende un Smoothie de marihuana. Y lo promociona con una planta de la variedad sativa colocada en la vidriera.

Sociología sobre ciberespacio (en 16 tuits)



1) A continuación, sociología sobre ciberespacio y redes sociales:

2) En la modernidad líquida en que lo público ha sido colonizado por lo privado,

3)…lo que mueve a las personas a aventurarse al espacio público, no es tanto la búsqueda de causas comunes como una necesidad de “interconectarse”.

4) Con la caída de las utopías, R. Sennet señala que compartir intimidades tiende a ser el modo preferido de construcción de comunidad.

5) Las comunidades virtuales son frágiles y efímeras, articuladas por la puesta en común de ansiedades, preocupaciones y odios individuales.

6) Zygmunt Bauman las describe como “comunidades perchero”, reuniones momentáneas alrededor de un clavo donde individuos cuelgan miedos solitarios.

7) El interés público se limita a la curiosidad por la vida privada de figuras públicas (como somos todos, en mayor o menos medida en Twitter).

8) Según Ulrich Beck, de la anomia emerge un ego desnudo, atemorizado y agresivo en busca de amor y ayuda.

9) En las redes sociales comprobamos que el solitario confinamiento del ego es una condena masiva.

10) También Zizek percibe la paradoja de que “somos mónadas sin ventanas a la realidad, interactuando a solas con la pantalla de la computadora…”

11) “…relacionándonos con simulacros virtuales, y a la vez más inmersos que nunca en la red global”

12) En este paradigma ya no hay un Gran Hermano observándote, sino que debés observar a otros Pares por si encontrás algo que pueda servirte.

13) Las redes sociales están en el marco de una “política de vida” en que el énfasis se coloca en el derecho de los individuos a elegir estilos de vida diferentes.

14) Finalmente, para quienes creen que en el ciberespacio no se expresan las verdaderas identidades, Zizek sostiene lo contrario.

15) Cito a Zizek: “el ser conciente de que en el ciberespacio me estoy moviendo dentro de una ficción, es lo que me permite expresar mi auténtico yo”.

16) Esto es así en cuanto que la verdad tiene la forma de una ficción.

19 de noviembre de 2012

¿Por qué el antisionismo sí es un antisemitismo?



A partir de los '60, con el antisemitismo racial desacreditado cobra vigor una nueva modalidad de judeofobia: el antisemitismo político, o antisionismo. El antisionismo permite conservar un cúmulo de estigmatizaciones que tradicionalmente se volcaban sobre la figura del judío, como la doble lealtad, la auto-segregación, la producción de conspiraciones mundiales. Estos atributos negativos, antes asociados al judío, se adjudican ahora a la entidad sionista. El antisemitismo tradicional o su variante política, el antisionismo, genera la siguiente operación: Se responsabiliza al judío de introducir un antagonismo "desde afuera" cuando, en realidad, el antagonismo es intrínseco al cuerpo social. Para el antisemita/antisionista, el judío es un intruso extranjero que produce un antagonismo social. Para restaurar la armonía social perdida se hace necesario deshacerse de los judíos/ Israel. Se responsabiliza al judío, como intruso extranjero, de una dislocación social que es interna al mundo árabe.

En este punto es interesante recordar las palabras de Fouad Ajami, un académico árabe que hizo su carrera en Occidente: "La idea de que las personas son actores y dueños de sus propios destinos todavía es ajena al mundo árabe. Esto explica el motivo de que algunos escritores árabes tomen en serio los Protocolos de los Sabios de Sión. También en los Protocolos el mundo es una conspiración sombría donde se ven intrigas diabólicas para controlar y mitos que mueven el mundo. Si se cree en los Protocolos entonces la derrota árabe tiene sentido, los árabes son simplemente otro pueblo engañado y dominado y lo que los abruma no es un pequeño estado sino una vasta conspiración” Fouad Ajami (1995: 79)

          El giro consiste en conferir al sionismo una naturaleza conspirativa, intrínseca a la esencia de lo judío, y asignarle una eficacia avant la lettre, como si el sionismo ya hubiera estado operando desde siempre. Es decir, desde esta perspectiva el sionismo no es un movimiento político concreto con orígenes puntuales en la historia (la publicación del libro El estado judío de Herzl en 1896, la celebración del 1er Congreso Sionista Mundial de 1897 etc.) y cuya vigencia está bajo cuestionamiento (hace tiempo se habla del post-sionismo), sino una matriz de pensamiento que acompaña la trayectoria histórica del pueblo judío cuyo objetivo es el poder y la dominación.

        Finalmente, es razonable condenar el belicismo de Netanyahu y putearlo. No es lo mismo deslegitimar a un país, a sus habitantes o a judíos argentinos.