
En esta edición: ¿por qué los niños-pide-monedas argentinos no tienen la mística y el charm de los niños-pide-monedas de Europa del Este?
Todas las personas que frecuentamos el subte antes de la crisis del 2001 (fecha en que muchos inmigrantes prefieren abandonar nuestro país hacia destinos más prósperos) comprobamos el contraste entre la poderosa presencia escénica de un niño-pide-monedas rumano, con su acordeón del que brotan hermosísimas melodías gitanas, y la pobre performance del niño-pide-monedas argentino, trayéndonos a capela "La vaca estudiosa", "Color esperanza" o algún (desubicado por su escenario) jingle de Quilmes. ¿Por que esta abismal diferencia entre unos y otros? ¿Se tratan de diferencias culturales? ¿Será acaso que en Rumania el público del subte es más exigente con sus niños-pide-monedas? Analicemos la cuestión.
El niño, ya sea proveniente de Rumania, Bulgaria, Yugoslavia o cualquier otro país que le haya negado el espacio que requería su talento, nos observa con ojos firmes como el algarrobo mientras cuelga de su nariz mocosidad gitana, secreto índice del espíritu gitano que habita su cuerpo. Este cuerpecito anticipa una fisonomía robusta, oscura y varonil, semejante a la del personaje de "Soy Gitano". Mística balcánica expele su mirada de indiferencia frente a ese público tan vulgar que le ha tocado en suerte, espectadores inconscientes del saber milenario de los cožes, kolos y otras danzas serbias que recorre en su cuidado repertorio.
¿Cómo se explica sociológicamente el encanto que producen unos frente a la desazón que generan los otros?
Respuesta: la amplia difusión de la obra cinematográfica del realizador bosnio Emir Kusturica que ha cambiado el "mito del buen salvaje" por el "mito del buen gitano" y nos ha conducido a estremecernos frente a cualquier chico que creamos capaz de traducir el tema 3 de la banda de sonido de Underground.